Sin pulque no hay paraíso

¡Por tu pulquito nos cacharon!

Estábamos los tres sentados sobre la banca más arrinconada del parque San Juan, cerca de la calle Ayuntamiento. Cada uno con su vaso de poliestireno expandido, mejor conocido por los cuates como “unicel”, contemplando a la gente que paseaba por los alrededores mientras disfrutábamos de la sombra que nos regalaba un buen árbol.

Entre palabras y risas, Dulcinea; la única mujer entre dos hombres, con la cara casi pálida y en tonito preocupante nos dijo: ¡Aguas! Ahí vienen los polis. Inmediatamente intenté serenarme y comencé a pensar en un buen pretexto, hasta imaginé mi huida entre los niños juguetones del parque, pero no me quedó de otra más que esperar.

Se posó frente a mí un policía mal encarado, de tez morena y de estatura baja; más bien chaparrito, con su escuadra de achichincles a su espalda. Eran tres policías y una mujer. Tomó en sus manos el pequeño radio que traía consigo y, en números como: 3-6 o 6-4, mandó un mensaje que no pude entender. ¿Qué es lo que traen en los vasos? Me preguntó directamente como si fuera yo el líder de la banda. Licuado, oficial; le contesté. Me miró como intentado encontrar en mis ojos la respuesta que tanto esperaba, volteó, observó a sus compañeros y arrancó de ellos una sonrisa de camaradería. ¿Puedo ver lo que es?, me dijo, desafiantemente. Claro, oficial.

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¡Súbanse Cabrones!

Repitió al menos un par de veces las mismas palabras: “No se pueden ingerir bebidas alcohólicas en vía pública” frase que, por supuesto, quedó bien grabada en mi mente. De verdad, le dije tímidamente, no sabíamos que no se podía ingerir pulque en vía pública. ¡Sí!, no sabíamos repitió el coro que venía conmigo. Pues voy a tener que remitirlos nos advirtió el “poli”. En ese momento, en mi mente comenzaron a pasar tantas imágenes, como fotografías, donde yo posaba para la cámara de los reporteros de nota roja. Me quedé en silencio.

Al menos, la camioneta nos paseó por el centro, me dijo Juárez con la sonrisa que le caracteriza. Todo había sucedió así: el oficial junto con sus chalanes nos subieron a “la camioneta blanca”, aquella que frecuentan los rateros, vendedores ambulantes, grilleros, verduleros y sus correspondientes femeninos también. Sobre el mítico carro recorrimos el Eje Central; con nuestras caras de bobos, un pequeño tramo de Tacuba; ya resignados totalmente, la Plaza de la Constitución; con la vergüenza trepada en los hombros, hasta llegar precisamente a la Calle de Brasil –calle que por las noches parece un verdadero infierno- donde, por fortuna, Dulcinea fue liberada de tan penoso acto.

Pues ustedes dos se quedan, nos dijo el oficial. Le miré la cara a Juárez y sabía que estaba nervioso, mas no tenía ni un gesto de miedo. La noche se dejó caer sobre la ciudad y a nosotros, por el momento, nada nos sucedió.

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“Las ratas miden 1.70, mi poli”

¿Es en realidad nuestro sistema mexicano un ejemplo de justicia? ¿Los policías verdaderamente hacen bien su trabajo? No se trata de generalizan, ni mucho menos de buscar “moros con trinchetes”. La simpleza de la anécdota sirve como referencia clara de un país donde los verdaderos delincuentes se encuentran en las calles, en oficinas, despachos o hasta en curules bien adornados. Y donde, casi como tradición mexicana, se les permite “trabajar” en la comodidad de la impunidad.

¿Es verdaderamente una falta grave a las normas del estado el tomar un pulque a media calle sin molestar a nadie? Las leyes son lo bastante claras: “No ingerir bebidas alcohólicas en vía pública” y entonces dónde quedan todas esas personas que presumen la “stopa” húmeda de thinner que traen en las manos, dónde quedan las “narcotienditas” que cumplen con el ejemplo más claro del mercado negro, dónde quedan los asaltos al transporte público o el aumento en los secuestros y extorsiones.

Seguramente toda la violencia no quedará guardada en archivos, ni en los discos duros de las computadoras de los ministerios públicos, sino todo lo contrario quedará plasmada en el inconsciente de las personas, de las que sobrevivimos con inseguridad.

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